No seré yo el que venga a contarle por qué Pedro Sánchez ha vuelto a aupar a Puigdemont al centro de la conversación política de nuestro país. Somos muchos los que, de una u otra forma, hemos intentado entender lo que sea que haya en la cabeza de Sánchez, más allá de su capacidad de enfangar todo lo que pisa y de su nulo pudor a la hora de descuajeringar nuestro sistema democrático para ofrecérselo en cómodos trocitos al mejor postor.
La última venta a plazos que ha realizado Sánchez para continuar asido a la puerta de La Moncloa ha sido la de nuestras fronteras, política migratoria incluida. Bueno, eso si finalmente se lo aceptan sus teóricos compinches de legislatura y si pasa el filtro de nuestro sistema judicial.
No tengo un espejito mágico para asomarme y saber qué piensa realmente Puigdemont. Me voy a aventurar a meterme en lo que haya dentro del coco de este tétrico personaje para destripar los valores de los que carece su marca personal, utilizando para ello mi Método INAETERNUM para diseñar estrategias de marca personal y liderazgo.
Y lo primero que voy a contarte es lo que no es Puigdemont. Porque la marca personal de un líder político debería sustentarse en pilares como la identidad, la autenticidad o la reputación. Y de esto, ni rastro. ¿O realmente hay alguien de los suyos que realmente se lo siga creyendo?
Hace ya tiempo que Puigdemont carece de cualquier tipo de credibilidad. Su identidad refleja una falta de coherencia que solo puede explicarse porque comparte con Sánchez el mismo objetivo: su supervivencia política. Esto explica en gran medida que hayan sido capaces de pactar el mantenimiento de este negligente Gobierno de coalición que siempre puede sorprendernos con que la siguiente decisión sea aún peor para los españoles.
Solo dos pinceladas más sobre la nefasta marca personal de Puigdemont. Primero, su enorme falta de credibilidad, erosionada por innumerables promesas incumplidas, afecta a su reputación. Y esto te lo detallo con un tecnicismo a su altura: “A Puigdemont ya no sé lo cree ni la madre que lo parió”. Y, claro, eso afecta a su reputación.
Y, segundo, su estrategia de networking es penosa. Porque relacionarse única y exclusivamente con su grupito de fieles que nada le cuestionan y todo se lo aplauden es el primer punto a evitar si quieres establecer unas relaciones profesionales alineadas con los objetivos de tu marca personal. En cambio, sus intentos de ser una voz en Bruselas se han quedado más bien en un molesto eco de lo que alguna vez quiso ser pero nunca fue.
De hecho, lo mejor con diferencia que ha hecho Puigdemont por su marca personal fue huir de España. Desde su palacete de Waterloo ha montado una estrategia de comunicación basada en difundir una y otra vez, de manera machachona, la enorme mentira de que es un “pobre exiliado perseguido por el peligroso Estado español opresor y represivo”.
Este discurso público, aún sabiendo que se basa en puras mentiras, ha servido durante un tiempo para contentar a los suyos, muy acostumbrados a tener que tragar carros y carretas con líderes de una capacidad muy dudosa. Y es que la narrativa de resistencia tiene un límite. Y Puigdemont lo ha sobrepasado hace ya mucho tiempo.
En definitiva, lo único que explica que esta marca personal en declive absoluto se mantenga viva tiene un nombre y apellidos que igual le suenan: Pedro Sánchez Castejón. Por algo decía hace ya unos años que Sánchez es un vendedor en La Moncloa. ¿Qué será lo siguiente que Sánchez venda a Puigdemont? Todo es posible viniendo de este personaje sin falta de escrúpulos.